miércoles, 14 de mayo de 2025

Punto de partida

No sé bien dónde empezó, ni dónde acabó, ni siquiera si existe un punto de partida o de llegada. Sólo sé que el banco era demasiado bajo y la acera demasiado estrecha, y que mis rodillas se quejaban como viejos goznes al doblarse. Me instalé con toda la franqueza del mundo, es decir, sin atreverme a ocupar más de un palmo cuadrado, y me puse a contar los ladrillos: uno tras otro, uno, dos, tres… Hasta que perdí la cuenta, como siempre, porque ¿debe contarse el primero junto al muro o el último junto al vacío? ¿Y el vacío es parte de la escalera o del aire? Al cabo de un rato —si fue un rato; tal vez fueron años—, pasé a fijarme en el zumbido de los semáforos. Verde, rojo, verde, pero ¿cómo describirlos? No puede decirse “verde” sin evocar el bostezo del musgo, ni “rojo” sin reconocer la fatiga del corazón. A veces el color parecía latir bajo el asfalto, y creí oírlo murmurar: “No me olvides”. Pero, ¿quién era “yo” en todo esto, si cada “yo” es un cúmulo de ausencias? Me levanté con torpeza y me puse a andar sobre el lado derecho de la acera, porque el lado izquierdo estaba más pulido, más gastado, como si otro hubiera pasado por allí antes que yo, una y otra vez, ocupándome el espacio, empujándome al límite. Un guardia, acaso el mismo de siempre, me indicó la calle. La calle, me dijo, es para los peatones, y la acera, para los soñadores. Yo no sabía soñar, sólo sabía tropezar con la propia sombra. Sin embargo, avancé. Caminé tanto que los edificios se desvanecían en el aire sucio y volvían a levantarse en el horizonte, con geranios y cenizas en los alféizares. Me asomé a un portal y distinguí un número: no el mío, claro, sino uno cualquiera, el ocho o el catorce, da igual. Cruzó por allí un cortejo de elegantes enlutados, pero no vi tras ellos ningún ataúd; sólo el gesto de cerrar el puño, de girar el sombrero y continuar, como si llevara un secreto que aliviaba y agobiaba a la vez. En un cruce de calles —¿o en una bifurcación de la memoria?— encontré una sala oscura donde un hombre, sentado en una butaca, esperaba mi llegada. Me miró sin verme: “¿Vienes a sentarte?”, dijo, y yo vacilé. Pero la butaca no se movía de su sitio, tan firme como el olvido. Me senté al fin, y la madera se hundió bajo mi peso. Fue un hundimiento lento, ceremonioso, un descenso en el que apenas distinguí mi propio aliento. Allí me quedé un tiempo, absorbiendo el rumor de mi propia existencia como si fuera un vapor que escapaba entre los muros. Intenté recordar cuántos pasos había dado, pero todos eran idénticos: pasos de otros, pasos futuros, pasos pendientes. “¿Cuántos escalones?”, había preguntado antes. “¿Cuántos ladrillos?”. Ahora no importaba; bastaba con sentir el crujido del mundo bajo las rodillas. De pronto el hombre se puso en pie y, sin despedirse, abrió la puerta. Le seguí. Al otro lado sólo había una calle vacía, un cielo indiferente y un charco. Me acerqué, miré mi reflejo y vi un rostro que me resultaba extraño, como si yo mismo fuera un extraño arrojado a este espejo líquido. Parpadeé y la imagen se difuminó. Entonces comprendí que no había regresado a casa, ni hallado un nuevo refugio. Sólo había cambiado de banco, de acera, de reflejo. Todo, sin embargo, era exactamente lo mismo: la fatiga, el sombrero, las rodillas, el murmullo de los semáforos, la indecisión. Pero quizá ése sea el verdadero final, o el principio: no saber dónde termina el escalón ni dónde empieza el aire, y continuar contando. un, dos… ése, aquél…

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