miércoles, 14 de mayo de 2025
El hombre que mató a su amigo
**El Juicio del Espejo**
Desde que la noche se había cerrado sobre él como un muro húmedo, Gustav no dejaba de observar sus manos. Las tenía extendidas sobre la mesa de la cocina, inmóviles, como si pertenecieran a otro. Las líneas de sus palmas se entrecruzaban en una red de senderos absurdos, caminos que jamás eligió. El cuchillo aún estaba allí, junto al azucarero, su filo manchado de una sustancia oscura que el agua no lograba disolver. Lo había frotado hasta desgastar el metal, pero la mancha persistía, como una palabra maldita escrita en un idioma antiguo.
Todo comenzó con una discusión sobre la llave de la despensa. ¿O fue por el queso que olvidaron comprar? Gustav ya no recordaba. Sólo veía el rostro de Ernst, contraído en una mueca que no le pertenecía, los labios temblorosos pronunciando algo sobre *«egoísmo»*, *«ingratitud»*. Palabras vacías, insignificantes, que ahora resonaban en su cráneo como martillazos. Él había alzado la mano —no para golpear, nunca para golpear—, pero el cuchillo estaba allí, sobre la mesa, y de pronto la hoja se hundió en el pecho de Ernst como si buscara refugio. La sangre brotó lenta, casi educada, empapando la camisa blanca que Gustav le había regalado en su cumpleaños.
Los días siguientes fueron un laberinto de sombras. Gustav vagaba por el apartamento, evitando los lugares donde Ernst solía sentarse: el sillón junto a la ventana, el rincón con la lámpara de lectura. Pero el cadáver no desaparecía. Lo encontraba cada mañana en la cocina, inclinado sobre la taza de café frío, los ojos abiertos, reprochándole en silencio. *«¿Por qué no limpias esto?»*, parecía decir, señalando la mancha en el suelo. Gustav fregaba hasta que los dedos le sangraban, pero la sangre de Ernst siempre regresaba, más espesa, más negra.
Una tarde, llamaron a la puerta. Era un hombre delgado, vestido con un traje gris que le quedaba demasiado grande. Llevaba una carpeta bajo el brazo y hablaba con una voz monocorde, como si recitara un manual.
—Venimos por el informe —dijo, sin saludar.
—¿Qué informe? —preguntó Gustav, aunque ya sabía la respuesta.
—El de la transgresión. Debe firmarlo aquí, aquí y aquí.
Las páginas estaban en blanco, salvo por una firma estampada al final: *Ernst W.*, en letras temblorosas. Gustav intentó protestar, pero el hombre lo interrumpió:
—Él ya lo ha corroborado todo. Dice que fue un accidente.
—¿Un accidente? —repitió Gustav, sintiendo que el suelo cedía bajo sus pies.
—Sí. Usted no tuvo la intención. Él lo asegura.
—¿Y eso cambia algo?
El hombre sonrió, mostrando unos dientes demasiado perfectos.
—Nada cambia. Pero ahora debe vivir con ello.
Se marchó dejando la carpeta sobre la mesa. Gustav la abrió: dentro había un espejo. Su reflejo lo observaba con ojos ajenos, cargados de una culpa que ya no le pertenecía.
Por las noches, Ernst volvía a sentarse en el sillón. No hablaban. A veces, Gustav le ofrecía té, como antes. Y Ernst lo aceptaba, sosteniendo la taza con manos translúcidas, mientras la mancha en el suelo crecía y crecía, devorando lentamente los restos de aquella amistad convertida en crimen.
Al final, Gustav comprendió que el castigo no era la muerte, ni la cárcel, ni siquiera el remordimiento. Era seguir existiendo en un mundo donde cada objeto, cada rincón, cada suspiro del viento, llevaba inscrito el nombre de Ernst. Y saber, en lo más profundo, que jamás podría escapar de aquella verdad: había matado a su amigo, y el amigo, en su infinita bondad, lo había perdonado.
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