viernes, 7 de agosto de 2026
**El fulgor callado del estanque**
Me dispongo a consignar estas líneas no con la esperanza de ser leído, sino con la íntima necesidad que asalta al hombre cuando el tiempo, ese incansable tejedor de sombras, desgarra de pronto el velo que lo separa de lo irrevocable. Fuera, el otoño deshoja sobre el alféizar las últimas dádivas del jardín, y el viento, que entre los abedules gime con una tristeza casi humana, parece arrastrar consigo las sílabas de una plegaria que nunca aprendí a pronunciar. Mi memoria, fatigada de tantos años de disquisiciones estériles, se obstina en regresar a una tarde de juventud, a un estanque oscuro que yacía en el linde mismo de nuestra hacienda, como un ojo del abismo abierto entre la floresta.
Debía de contar yo entonces veinticuatro veranos, y mi espíritu, ebrio de la filosofía materialista que soplaba desde las universidades de la capital, se complacía en reducir a mecánica celular todo estremecimiento del alma. Aquella tarde, después de una jornada de lecturas que me habían dejado en los labios el acre sabor del nihilismo más exaltado, salí a caminar sin rumbo, perseguido por la idea de que la existencia no era sino una centella absurda entre dos eternidades de ceniza. Recuerdo que el sol, agonizante, encendía la cúpula del cielo con un fulgor tan desgarrador que mi pecho, lejos de elevarse, se contraía bajo el peso de una certidumbre atroz: aquella belleza inmensa carecía de testigo último; se derramaba en el universo como un perfume que nadie respiraría jamás.
Fue entonces cuando alcancé el estanque. Sus aguas, quietas como una lámina de obsidiana, devolvían un cielo invertido que palpitaba con los últimos resplandores del día. Me asomé a la orilla y contemplé mi propio rostro flotando en aquella tiniebla líquida. Mas no era mi rostro juvenil lo que vi, sino una máscara translúcida bajo la cual adiviné, con un estremecimiento que aún hoy hiela mis manos, la oquedad insondable del yo. ¿Qué era aquella conciencia efímera que se miraba a sí misma sino un parpadeo entre la nada y la nada? La pregunta cayó en mi interior como una piedra en el agua, y sus círculos concéntricos se expandieron hasta rozar las raíces mismas de mi ser. El pavor que experimenté no se parecía al miedo ordinario: era un vértigo metafísico, la intuición de que el yo era un precipicio sin fondo y de que la razón, a la que yo había consagrado todas mis potencias, se asomaba a él con el vértigo estéril de quien pretende medir el mar con una vara.
En ese instante, como si la Misericordia que yo negaba hubiese decidido interpelarme bajo una forma humana, escuché un leve crujido de hojas a mi espalda. Al volverme, mis ojos encontraron la figura de Katerina Ivánovna, la hija menor de nuestro vecino, el viejo príncipe Volkov. Vestía un sencillo sarafán de muselina blanca que la luz crepuscular teñía de violeta, y sus ojos, de un azul tan profundo que semejaba deudor de todos los enigmas del firmamento, se posaron en mí con una mezcla de dulzura y de severidad que me desarmó por completo.
—Os he seguido, Dmitri Ivánovich —dijo, y su voz era queda como el rumor del agua bajo el hielo—. He visto en vuestro rostro una aflicción que no es de este mundo. ¿Acaso creéis que el alma puede saciar su sed en el manantial amargo de la sola inteligencia?
Recuerdo que sonreí con la suficiencia que otorgan los libros mal digeridos y le respondí que el alma no era sino un vocablo piadoso para designar ciertos procesos nerviosos. Katerina guardó silencio unos instantes, y luego, alzando la vista hacia el primer lucero que acababa de encenderse en el oriente, murmuró algo que, aun envuelto en la sencillez de una muchacha de provincia, contenía una sabiduría que los años no han hecho sino iluminar con una luz más cruel.
—La ciencia, Dmitri Ivánovich, os mostrará los engranajes del universo, pero nunca os dirá por qué el corazón se ensancha al contemplar esta luz que agoniza. El amor es la única razón que no necesita demostración, porque es él quien nos demuestra a nosotros mismos.
Hablamos largamente mientras la noche se adueñaba del jardín. Yo esgrimía argumentos de un racionalismo helado; ella oponía a mis silogismos la cálida certeza de quien ha vislumbrado un orden que no se enuncia con palabras, sino que se respira como el aire. En un momento, Katerina se inclinó hacia el estanque y, señalando nuestras dos imágenes meciéndose en el agua oscura, añadió:
—Mirad: vuestra figura y la mía se tocan en el reflejo sin confundirse. Así nos contempla Dios: distintos y, no obstante, unidos por una luz que no procede del sol.
Sentí entonces una turbación extraña, un calor que ascendía desde el pecho y pugnaba por deshacer el nudo de mis convicciones. Pero el orgullo, ese insidioso cancerbero de la inteligencia vana, me impidió franquear el umbral. Me despedí con una reverencia cortés, y aquella misma noche escribí en mi diario que la doncella Volkov, pese a su indudable candor, incurría en la superstición sentimental de todas las mujeres de provincia.
Pasaron los decenios. Me interné en San Petersburgo, donde mi carrera de funcionario medró a la sombra de una probidad tan elogiada como vacua. Publiqué tratados, frecuenté salones, viajé por Europa. Y, sin embargo, a medida que mi renombre crecía, se acentuaba en mi interior aquella sequedad del alma que ya había entrevisto junto al estanque. El amor de mi esposa se marchitó en la molicie de la costumbre; mis hijos crecieron como extraños educados bajo mi techo. Cuantas más medallas prendía en mi pecho, más advertía que dentro de mí no moraba ya sino un espectro que repetía gestos aprendidos.
Hoy, postrado por una dolencia que los médicos disfrazan con nombres latinos, pero que yo sé que no es sino la lenta extinción de quien se ha negado a vivir, mis pensamientos vuelven sin cesar al crepúsculo aquel. Ahora comprendo que Katerina no me ofrecía un dogma, sino la llave de una cárcel cuya puerta yo mismo había tapiado. Mi razón, que lo exigía todo, nunca me dio la humildad necesaria para aceptar que hay realidades que no se dejan apresar por el concepto, que se entregan como el perfume de la madreselva en una noche de estío, gratuitas, ciertas, inaprensibles.
Esta mañana he pedido que abrieran la ventana. El jardín, bajo la neblina otoñal, ha adquirido una quietud semejante a la de aquel estanque perdido en la memoria. He cerrado los ojos y, al fin, he dejado de luchar. He pronunciado en voz baja un nombre —Katerina— y, al hacerlo, he sentido cómo el espejo oscuro de mi conciencia se rasgaba por fin, derramando una claridad serena, inmensa, que no necesita ser explicada porque ya me envuelve. Quizá no haya sido tarde. Quizá, como ella insinuó sin palabras, la eternidad no sea sino este instante de amor por fin consentido, donde el reflejo y lo reflejado se funden en un mismo fulgor.
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